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Pero, por fin, escuché tu voz

Por Elena - 15 de Enero, 2008, 17:50, Categoría: Anecdotario

En el blog de Raquel he leído un post que me ha recordado algo que me sucedió a mi...

Hoy por hoy:

Ring, ring
(suena el móvil)... En la pantalla de mi móvil parpadea un número de nueve cifras que no me resulta conocido.

- Hola?
- Elena?
- Si... Quién eres?
- Perdona que te llame, es que te tengo en la agenda del móvil y no sé quien eres...
- Y tienes mi número de teléfono? Pues no sé.. tú quién eres?
- Soy José..
-Conozco a millones de José! (nota: alguna día contaré el vínculo extraño que me une a los llamados Jose...). Concreta más, anda...
-Bueno, pues... no sé...  vivo en Pinto.
-Ah, hace años salí alguna vez por Pinto (nueva nota: algún día contaré la épica noche que pasé en Pinto antes del partido España-Corea del Mundial del 2002...¿ya hace tanto??? Dios!!!). Yo viví en Getafe unos años hace unos años, jeje. Que frase más rara me ha quedado.. Pero ya me entiendes... (qué mal hablo cuando hablo por teléfono, por favor...) Seguro que es de eso... De alguna noche perdida por los bares...
-Jaja! Si, ya te entiendo.. Bueno, seguro que es de eso...
-Seguro. No te quepa duda!
-Bueno, Elena, pues nada. Encantado. Preciosa voz, por cierto.
-Encantada igualmente, José. Un saludo.

Y colgué.

Ya lo he contado en más de una ocasión en este blog, que yo hace casi unos cinco años vivía en Madrid, y que de repente me dio un aire y me fui a vivir a Barcelona.

En realidad, seguí un impulso, pero fue un impulso meditado y debido a las circunstancias. Había perdido mi trabajo de documentalista en el banco de imágenes, y por tan sólo dos días no tenía derecho a cobrar la prestación del paro. Tenía que tomar decisiones, y rápido, porque el dinero del finiquito no me iba a durar eternamente, más bien me iba a durar poquito. Entonces fue cuando comencé a plantearme irme a vivir a Barcelona.

Decidí que el destino decidiera por mí: buscaría trabajo en Barcelona y Madrid, y donde encontrara trabajo antes, allí me quedaría. Así que empecé a enviar curriculums compulsivamente.

Me llamaron de varios sitios, y claro está, comencé a hacer entrevistas de trabajo (la tortura psicológica moderna más fina que existe: sé que algún día serán catalogadas como maltrato psíquico…).

La cuestión es que al volver de una entrevista de trabajo, y al subir en el autobús, me dí cuenta que me había dejado una carpeta, una carpeta morada, en el metro, con todos mis curriculums, copias de contratos, justificantes de beca, etc.. Si hubiera tenido una espada, me hubiera hecho el harakiri en ese mismo momento. Volví al metro y busqué la carpeta desesperadamente. Pero no la encontré.

Entonces tuve una idea genial: poner un anuncio en el 20 minutos: "Perdida carpeta morada con documentos en una vagón de la línea 9 de metro de Madrid. Si la localizan, llamen al 62756XXXX. Elena" 

Y en la misma mañana que salió publicado el anuncio comenzaron a llegarme SMS al móvil.. la cuestión es que ninguno me decía nada sobre mi carpeta.. era SMS.. llamémosles... "solidarios", del tipo:

"Jo, vaya putada, espero que encuentres la carpeta pronto. A mi también me ha pasado y te entiendo. Que tengas suerte", y cosas por el estilo. Yo lo cierto es que lo flipaba con los mensajes, porque jamás se me ocurrido enviar un SMS de ánimo a una persona que ha perdido una carpeta… Tampoco es que recibiera millones de SMS, pero si de unas 6/7 personas diferentes.

Contesté a todos los SMS.. Educada que es una, supongo. Nadie contestó a mis SMS de agradecimiento. Excepto uno. Y, de esta manera, iniciamos una conversación por SMS.

Nos presentamos, hablamos, reímos, intimamos.. exclusivamente por mensajes de móvil. Estuvimos días enteros enviandonos mensajes. Él se llamaba José, y era cocinero. Lo recuerdo bien. Yo le conté mis planes, mis ideas, mi indecisión de ese momento, que quizás me iba a vivir a Barcelona. Él me contó sus ilusiones, su trabajo, su vida. Hablamos. Pero sin escuchar en ningún momento la voz del otro.

Llegó el momento en el que supe que me iba a vivir a Barcelona. Me llamaron de la empresa y me dijeron que me tenía que incorporar en dos días. Llamé a muchas personas para comunicarles la noticia. Y a él, a José, también le envié un SMS.

Bip. Bip. "Elena, antes de que te vayas, nos tenemos que ver."

Me quedé parada. No se me había pasado por la cabeza que nos viéramos. Me gustaba hablar con una pantalla. Me podía sincerar completamente. No tenía que enfrentarme ni a una cara, ni a una voz, ni a un estado de ánimo, ni a un gesto. No tenía que impresionar a nadie. Era totalmente indoloro, aséptico.

Bip. Bip. "No creo que sea una buena idea".

Bip. Bip. "No ves lo que ha pasado? Esto es el destino, Elena. Eres mi destino, lo sé. Conocernos así ha de querer decir algo. Tenemos que vernos."

Bip. Bip. "No."

Bip. Bip. "Pero porque no? No lo entiendes, Elena. Yo estoy sólo y perdido. Tú también. No te vayas. O al menos, no sin antes vernos".

Bip. Bip. "Yo ya he tomado una decisión, y me ha costado hacerlo, lo sabes. No puedo hablar contigo, ni verte. Ya voy a dejar muchas cosas atrás. No quiero dejar otra más".

Bip. Bip. "Te voy a llamar. Cógeme el teléfono. Al menos, quiero escuchar tu voz."

Y su nombre apareció en la pantalla del móvil. Pero no quise responder a la llamada... Me llamó durante días, semanas, me envío más mensajes.
"Quiero escuchar tu voz." Pero, cruelmente, hice caso omiso de sus mensajes y de sus llamadas. No le contesté ni una sola vez. Pasado el tiempo, siempre me pregunté porque fuí tan déspota. Seguramente, por comodidad, por no dar explicaciones, típico de mí. Tampoco me gustan las persecuciones desesperadas. Olvídame, chaval. Ni siquiera me conoces. Yo no soy tu destino, lo he decidido. No quiero serlo. El destino es cosa de dos, ¿no crees? E hice mi vida. Él se cansó de lanzar piedras al espacio, naturalmente, ¿quién no se cansa de hablar con una pared? Y ambos fuimos reducidos a anécdota extraña para ser recordada.

Ring, ring (suena el móvil)... En la pantalla parpadea de nuevo el número de nueve cifras, con el que he hablado hace un rato.

-Si?
-Elena? (tono de voz emocionadísimo).
-Si? (que me querrá este decir ahora?)
-
Ya sé quien eres. Eres.. eres la chica que perdió la carpeta.
-Qué?
-Si, si, perdiste una carpeta, y yo te envié un mensaje, y estuvimos mensajeandonos durante bastantes días.. ¿Te acuerdas?
-Ah.. Si, si, claro.. Oh. (No sabía qué decir..). ¿Y qué tal estás?
-Bien, bien. Me casé hace un año, y mi mujer está embarazada.
-Ah, me alegro mucho!! Jeje... ¿Ves como yo...? (y me callo).
-
Ves como yo qué?
-(Tímidamente). ¿Ves como yo no era tu destino?
-(Se ríe).. Es verdad, no lo eras. Pero me alegro de hablar contigo.. Me alegro muchisimo. Eras...fuiste.. como.. una asignatura pendiente.. (De pronto, le cambia el tono de la voz.). Bueno, tampoco te quiero molestar. Un placer hablar contigo, Elena.
-Un beso, José.

Y al cabo de un minuto...

Bip. Bip.

"Pero, por fin, escuché tu voz".

José, cocinero (o ex-cocinero, no lo sé), de Pinto, a punto de ser padre, nunca sabrá que ese día, tras leer su mensaje, una lágrima rodó por mi mejilla.

 

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